pozuelo“No te quiere nadie. No te quiere nadie, cabrón”. Así comienza el vídeo sobre los incidentes en Pozuelo de Alarcón que podemos ver en Internet. La imagen, grabada con un móvil de última generación, se acompaña por los gritos que un joven lanza a seis policías arrinconados en el transcurso de esa “batalla” que se saldó con veinte detenidos (siete de ellos menores de edad), diez agentes heridos, sus coches oficiales quemados y buena parte del mobiliario urbano destrozado.

Ante lo sucedido nos preguntamos los motivos de la violenta explosión juvenil: ¿su inmadurez?, ¿su estilo de vida?, ¿su inconformismo?,… Además nos intranquilizamos al recordar que los jóvenes de hoy serán los adultos de mañana. Igualmente nos desagrada comprobar que la violencia se puede encontrar en casi todos los ámbitos de la vida juvenil: la escuela, el ocio, la familia, el trabajo, etc.

Pero, ¿la imagen que tenemos de la violencia juvenil es real?, ¿son los jóvenes más violentos que los adultos?, ¿los jóvenes violentos serán indefectiblemente adultos violentos?, ¿está aumentando la violencia juvenil?, ¿está disminuyendo?.

La juventud hoy se caracteriza por ser un grupo social muy importante, al menos estadísticamente, ya que representa el 22,4% de la población. Los jóvenes actualmente retrasan su incorporación al mercado laboral, alargan su periodo formativo, abandonan pausadamente el domicilio paterno y por lo tanto la independencia personal, el auténtico paso fundamental hacia la madurez, es muy tardía.

La mayor parte del listado de problemas de los jóvenes se vinculan a ese proceso de conversión en adultos: seguir con los estudios o iniciar una profesión, continuar viviendo con los padres o buscar una vivienda, formar un nuevo núcleo de relaciones alejándose de la familia, encontrar pareja, etc. Los cambios, los nuevos retos, generan problemas y por tanto conflictividad para aquellos que se sienten incapaces de abordarlos. De ahí que la violencia pueda aparecer en todos y cada uno de los ámbitos de encuentro y con cualquiera de los interlocutores posibles: padres, profesores, autoridades,… pero también otros jóvenes.

Debemos entender la violencia como una estrategia que se emplea para resolver conflictos de manera que se obtenga un beneficio aún a costa de dañar a otras personas. Por ello, para comprender la violencia juvenil, debemos pensar en el joven como agresor y como víctima: entender por qué unos jóvenes adoptan un camino y otros el contrario nos ayudará a encontrar posibles soluciones.

No existe una “causa”, una única, real y verdadera “causa”, para detonar la conducta violenta. Ni la continuada utilización de videojuegos, ni el deseo “de ser conocido públicamente”, ni un historial de malos tratos domésticos (todas ellas razones frecuentes en los medios de comunicación), implican necesariamente una conducta violenta. Podemos hablar en todo caso de “factores de riesgo”, de igual manera que podemos hacerlo de “factores de resistencia” que “protegen” a los jóvenes contra los efectos que facilitan o producen comportamientos violentos.

Factores de riesgo son el desempleo, la situación familiar, el temperamento propio, el nivel educativo, el uso de drogas, la permisividad social, la impunidad legal, etc. Es decir, los factores de riesgo para la violencia juvenil son exactamente los mismos que pueden motivar a los adultos violentos. Existe un problema social con la violencia, no un mero problema juvenil.

Evidentemente factores de resistencia son aquellos que tratan de limitar esas circunstancias e, igualmente importante, hacen partícipe a la persona de su conocimiento y posible solución. Para ello resulta fundamental tanto ocuparse de esos factores, como hacer entender que la diferencia radical entre un bruto y un ser maduro pasa por responsabilizarnos de nuestras acciones y sus efectos, que suelen llegar más allá de lo que querríamos.

Por ejemplo, una clara repercusión grupal puede apreciarse en la propia web del vídeo. Para los visitantes de la página, lo ocurrido en Pozuelo se debe a que aquella localidad está llena de “pijos”, “malcriados”, “niños de papá” y “escoria”. No hay distinción entre los violentos y el resto de presentes o ausentes, sólo se hace una mención particular precisamente para el joven que lanzó los gritos. Para aquel que se permitía el lujo del insulto mientras otros sufrían la violencia alguien ha escrito de manera muy clara “a quien no quiere nadie es a ti”.

Artículo también publicado en el diario Información.



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