Hace justamente un año, aprovechando jornadas de mucho-muchísimo trabajo en Fogueres de Sant Joan nos pegamos un inesperado homenaje en Azahar, el restaurante que Paco Ramón, antiguo jefe de sala de Delfin y Maestral, ha montado en Benalúa.
Había mucho y bueno sobre lo que elegir, pero a mí me dio un ataque de nostalgia villenera y decidí pedirme en Alicante, a las 3 de la tarde de un día a finales de junio, un arroz con pata. Estaba bueno, la pata bien limpita, pero leñe, no tenía el toque del de mi abuela.
Comimos más que en un almuerzo festero pero por supuesto quedó espacio para los postres y licores. Es ahí cuando llegó el Dolç de Mendoza, un vino dulce del recopón, contundente y, para mí, un tanto empalagoso.
Enrique Mendoza elabora vinos estupendos, seguramente los mejores de Alicante, pero creo yo que en el departamento comercial han metido a alguno de los que trataban de vender las casas de Villena Hills. Eso o el responsable de marketing no ha pasado de Biar, se cree que en Villena no nos trabamos con el valenciano y confunde la rasca que pega en invierno con la brisa marina. Me explico.
Atiendan a la acertadísima descripción que aparece en la contraetiqueta (está la foto para comprobarlo): “Este vino es el fruto de unos viñedos que viven en el corazón de la cálida comarca del Alt Vinalopó. Cada tarde los viñedos de esta zona reciben la agradable visita del Mediterráneo, que llega hasta ellos trasformado en una refrescante brisa“.
Desde aquí un consejo al responsable de la bodega: Enrique, salvo al catador, no dejes que en horas de trabajo tus empleados prueben el género.

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