Escribo yo, que he leído a la vecina Kayla, que ha encontrado en la estupenda web de Gaspar Ángel Tortosa una página que enlaza con un artículo de José Fernando Domene acerca de los villeneros que tienen que salir fuera para ejercer como tales: conocedores de la historia y tradición de aquí, expertos en muchas otras materias, no encuentran ni reconocimiento ni mención en esta ciudad.

Domene, en el artículo publicado en el número especial de “Día 4 que fuera”, recuerda entre otros a los profesores Francisco Gimeno, lingüísta; Juan Bautista Vilar, historiador; Máximo Torreblanca, filólogo; y a José Luís Hernández Marco, titular de Historia Económica en la Universidad del País Vasco.

Hernández ofreció el pasado febrero de 2007 una fascinante conferencia sobre la propiedad agraria en la Villena de los siglos XVIII y XIX inserta en el ciclo de conferencias “Pasado y presente de Villena y su entorno” que tan buen sabor de boca nos dejó a todos los asistentes.

Fue una de las charlas en las que más disfrute y por eso me gustaría añadir un eslabón a la cadena de enlaces de Kayla, Gaspar Ángel y José Fernando.  Aquella ocasión cuenta con un resumen que se publicó en Villena.net, les dejo el texto y enlace al artíclo original (contiene más fotos).  Sobre el debate que incita el autor yo creo que Kayla lo ha explicitado muy bien y que su aportación requiere de comentarios, pasen por allí.


Cuando Villena pertenecía a 16 familias

Prosigue el estupendo cuso “Pasado y presente de Villena y su entorno”, en este caso un villenero profesor de la Universidad del País Vasco, José Luís Hernández Marco nos acercó la realidad agraria y económica de nuestra ciudad en los siglos XVIII y XIX.

El interés historiográfico de Hernández le ha llevado a cuestiones más cercanas en el tiempo que lo que expuso el jueves en el IES Hermanos Amorós, pero lo cierto es que el profesor no tuvo ningún problema en narran con entusiasmo el fruto de sus investigaciones treinta años atrás, cuando ayudado por la documentación de José María Soler pudo indagar sobre el cambio económico que derivó de las desamortización y venta de muchas de las tierras de nuestra localidad, en aquel momento eminentemente agraria y ganadera.

Hernández Marco realizó un generoso repaso sobre las fuentes y datos que manejó en su estudio, añadiendo que a su entender había “envejecido mejor que su autor”, acercando las principales características del reparto de la tierra en el particular caso de Villena, un municipio fronterizo y de realengo de la Corona de Castilla. Posteriormente entró a abordar cómo había resultado ese reparto auspiciado por la legislación liberal, indicando aquellos linajes y particulares que salieron especialmente favorecidos.

Cabe recordar que esta desamortización de las tierras que eran de régimen señorial se emprendió en el siglo XVIII y significaba el auténtico paso del Antiguo Régimen, feudal, a la moderna forma de administración estatal. Hasta ese momento la tierra de Villena se encontraba en manos de un monopolio legal formado por la pequeña nobleza local y la Iglesia, de manera que sus propiedades iban creciendo al ritmo que las parcelas se iban quedando fuera del circuito comercial. La poca tierra disponible animó al régimen de mayorazgo entre los propietarios, al tiempo que el trabajo se dejaba a labradores en régimen de enfiteusis.

Pero además de tierra en manos de nobles y eclesiásticos, existían propiedades baldías y comunales, aquellas que irán sufriendo distintos procesos de apropiamiento privado a fin de dar salida a la necesidad de nuevos terrenos. En cifras podemos indicar que de las 12.680 hectáreas disponibles en Villena un 44,1% pertenecía a la oligarquía local, un 10,4% a la foránea, mientras que el clero contaba con un 7%.

Esto nos habla de una fuerte concentración de las propiedades de Villena. Más concretamente eran 16 las familias que detentaban la mayoría de esas tierras, siendo los apellidos todavía conocidos en la Villena actual: Cervera, Díaz, Fernández de Palencia, Férriz, García, Gasqué, Herrero, Llobregad, López, Martínez Erquiaga, Martínez Olivencia, Mellinos, Mergelina, Oliver, Rodriguez, Selva. Por ello podemos hablar de una identidad entre la pequeña nobleza local y la gran propiedad, sobresaliendo que de 28 propietarios de extensiones mayores de 100 Hectáreas 23 pertenecían a esos apellidos, especialmente destacados en el caso de los cuatro linajes más poderosos: Mergelina, Herrero, Cervera y Selva.

La revolución burguesa, a través de las desamortizaciones del siglo XIX, se propondrá cambiar esa situación procediendo a eliminar los monopolios de la tierra mediante la desvinculación de las propiedades y el fin del diezmo eclesial. Las desamortizaciones de Godoy en 1798, la del trienio liberal de 1820, la de Mendizábal en 1835 y la posterior de Espartero, contribuirán a esta subdivisión de las grandes parcelas, medidas, no obstante, que entrarán en competencia con una característica local de Villena: la desecación de La Laguna, que permitirá la ampliación de la oferta existente, mermando así en gran medida los posibles beneficios del reparto de als tierras.

No obstante entre 1850 y 1888 se registró un importante aumento de los pequeños y medianos propietarios, pasando del 14% del total de las tierras en 1761 al 39% en 1850. En ello tiene también importancia que las tierras eclesiales fueron enajenadas salvo en el caso de las dedicadas a la instrucción pública. A partir de 1850 también comienzan a menguar los terrenos comunales gracias a la privatización de Madoz y la creación de Compañías que dividirán la propiedad de nuestros montes, como fue el caso de las sierras de La Villa, El Serral, Salinas, etc.

En conclusión Hernández Marco señaló que el proceso de readjudicación de la tierra en Villena se saldó con un mantenimiento del importante poder agrario de la pequeña nobleza local, incluso aumentando con la desamortización, pero con tendencia a la subdivisión de las grandes fincas entre los propios miembros de la familia; al tiempo que las tierras eclesiásticas prácticamente desaparecieron en 1888 y el patrimonio de Propios y Comunales se comenzó a repartir incluso antes de 1850. Entonces, como característica propia de nuestra ciudad, hay que destacar la fortísima corrección a este proceso de reasignación de las propiedades que tuvo la desecación de La Laguna, que disparó el número de enfiteutas.



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