Pero de calle… y no me refiero al equipo español, me refiero a ti y a mí. Por muy fofos que estemos, por poca cosa deportiva que practiquemos, digo yo que en 40 segundos nos recorremos un décimo de kilómetro.

El año pasado Asafa Powell se los hizo en 9,74 y en mayo Usain Bolt paró el cronómetro en 9,72, así que a nosotros, en circunstancias normales, más nos valdría no ponernos en medio de una carrera de esas. Pero es que este agosto va ser distinto: la señal televisiva procedente de Beijing (el Pekín de toda la vida), nos va a llegar con 30 segundos de retraso.

No se debe a que la China quede lejos, que también, sino que el gobierno local ha impuesto la restricción debido a curiosos motivos técnicos. Será la junta de la trócala del condesador de fluzo lo que falla, pero lo cierto es que de esta manera veremos con medio minuto de retraso la natación sincronizada, el salto con pértiga, las canastas de Gasol y la entrega de medallas. Así, de paso, tampoco pasará lo de hace 40 años.

México 1968, Tommie Smith vencedor de los 200 metros lisos y John Carlos, medalla de bronce, se armaron de valor y alzaron su puño envuelto en un guante negro mientras sonaban los primeros acordes del himno nacional norteamericano. 400 millones de personas vieron su protesta, la fotografía a golpe de flash recorrió prácticamente todos los diarios del planeta y la respuesta fue especialmente hostil.

La muchedumbre abucheó a los atletas mientras dejaban el lugar, fueron expulsados del equipo americano, tuvieron que abandonar la villa olímpica y al volver a EE.UU. fueron tratados como delincuentes. “Sabíamos”, cuenta Smith, “que nos aguardaba un camino de sufrimiento; fuimos despedidos del trabajo; era imposible alquilar un departamento y los otros atletas nos evitaban, pero nuestro objetivo era enfrentamos al sistema porque estábamos completamente convencidos que había que marcar una diferencia”.

El Presidente del Comité Internacional Olímpico de la época, Avery Brundage, entendió que el sentimiento político de la protesta contravenía al espíritu olímpico y exigió que los dos atletas fueran expulsados del mundo deportivo.

Esta misma semana el Comité Olímpico Español, en reunión sumaria y por boca del presidente Alejandro Blanco, se lo ha dejado claro a los atletas patrios: “en virtud a la Carta Olímpica, no se pueden hacer declaraciones de contenido político en la zona olímpica: ni en la Villa ni en las instalaciones. No se puede escribir en medios de comunicación. La consecuencia es la retirada de la acreditación y a casa”.

Como si no hablar de política evitara la vergüenza de las Olimpiadas. A lo largo de la celebración de los Juegos Modernos los regímenes totalitarios más criminales del siglo XX no han dudado en usar la fiesta deportiva para hacerse propaganda. Primero fue el nazismo quien en 1935 celebró las soñadas Olimpiadas de Hitler. Luego el socialismo real organizaría las de 1980 en la Unión Soviética. Ahora es el turno del totalitarismo de Pekín.

En todo esto lo que extraña sobremanera es ese intenso interés por callar a los atletas, por impedir que hablen. No sé si tú y yo nos haríamos los 100 metros lisos aún dándonos esos 30 segundos de limbo, pero sin duda lo que no parece posible en estos tiempos son atletas como Smith y Carlos. En la reunión del COE, una vez lanzada la seria advertencia, el presidente abrió el turno de preguntas. Silencio sepulcral. “¿Qué?, ¿vergonzosos?, ¿ni tú quieres preguntar, Amaya?”, insistió el directivo mirando a Valdemoro, a quien todos consideran extrovertida. Y la baloncestista, no se cortó un pelo y se arrancó acelerada: “Alejandro, ¿habrá jamoncito?”.

Publicado en Villena.net el 9 de agosto de 2008



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